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Creo que, aun dejando la fe a un lado, los seres humanos somos lo suficientemente inteligentes como para saber que usar la guerra para resolver nuestras diferencias es un error. Una civilización que depende cada vez más de las armas como medio para someter a sus supuestos enemigos va en la dirección equivocada. Necesitamos líderes que demuestren un compromiso de enfrentar los desafíos humanos con un sentido inquebrantable de moralidad, y con respeto por la vida y por la dignidad de la persona humana. La historia nos ha demostrado, una y otra vez, que la violencia engendra violencia, y que la paz lograda por la fuerza es frágil y pasajera. Si seguimos eligiendo líderes políticos que ven el mundo como su propia posesión, y que perciben a los demás como enemigos a los que hay que conquistar y destruir, entonces ahí es precisamente donde terminaremos: destruidos. Algunos líderes cristianos sostienen una teología que acepta un marco de destrucción como algo deseable, e incluso necesario. Creen que, para que venga el reino de Dios, el mundo debe continuar su curso de autodestrucción. Esta manera de pensar es ajena a las enseñanzas de Jesús y a los principios del reino de Dios. Jesús no nos llamó a acelerar la ruina; nos llamó a ser pacificadores, a amar a nuestros enemigos y a buscar el florecimiento de todas las personas. Los seguidores y discípulos de Jesús somos personas de esperanza, comprometidas con los principios de la vida abundante. El Espíritu que habita en nosotros no es el espíritu de pesimismo y fatalidad que impregna este mundo. Hemos experimentado el gozo y la esperanza de Cristo, y vivimos para difundirlos — para contagiar al mundo con ellos.
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